A EDUARDO CARRANZA ( Fragm.)
Mis palabras, Eduardo, simplemente levantan
el velo del rocío para que España veas
escrita en tu presencia, mientras cantan y cantan
las alondras que suben de nivel las mareas.
Te devuelvo en un sólo corazón invadido
el hierro que somete y el alma que conquista:
el dominio inocente del pájaro en su nido
y el puño del montero, con el mapa a la vista.
Te doy, como en verano, como en polvo de mieses,
como hundido en mi origen y en mi savia de encina,
palabra de que todos los años y los meses
no valen este instante de canción repentina.
Hacia el virgen mañana del ayer enterrado
caminamos a oscuras, pero estamos despiertos:
fértiles cual la tierra donde duerme el pasado
y esperando la historia con los ojos abiertos.
Por algo es tan sencillo decir, si se ha vivido.
Tú lo sabes Eduardo, lo más fácil es eso:
después que el agua pasa nos queda en su sonido
la imagen de aquel árbol que resucita ileso.
Convidado a las alas y arraigado en la brisa,
pueril como en la escuela, viejo como en el mundo,
tu cuerpo tiene el peso de tu primera risa
y un silencio por dentro desatado y profundo.
Bueno, Eduardo, nosotros estamos a la brecha
del dolor imprevisto, como el agua en los puertos.
Nuestra vida lo mismo que la espuma fué hecha.
Nuestros dos corazones latirán más, ya muertos.
Por eso las gaviotas nos hablan un lenguaje
común y que entendemos como a través de ellas:
un eco desgarrado con la sal del oleaje
rociado por la hondura de todas las estrellas.
El indio colombiano que aún reza a Jesucristo
y aquel españolito que Machado cantó,
esperan que el mañana, ya a rachas entrevisto,
confunda tu esperanza con la que tengo yo.
LEOPOLDO PANERO
