CUANDO LA VIDA...
Cuando la vida se me desnivele
y se escore a la muerte,
cuando el calor me vaya abandonando
y no sienta del sol más que la hora,
cuando el silencio sea el anticipo
de la mudez completa,
no cierres las ventanas, que penetre
la claridad del día en que nacimos
a esta horma de amor que legitima
la belleza del mundo. Que nuestros hijos
no pierdan el fulgor de las macetas,
ni el reguero del pájaro o la nube,
todo eso que entrega, aunque se vaya,
su beso momentáneo y duradero.
Ponte a regar las plantas,
su universo, o alíate a la noria
inacabable
del jazmín, mírame con la belleza
de quien se dio a la primavera un día.
Cuando la vida se me desnivele,
no andes de puntillas por tu alma
ni te pongas un traje envejecido,
sino la flor del mundo que hemos hecho
a fuerza de besarnos, en el pelo.
No sé que pasará
cuando eso ocurra como una llovizna,
qué rostro de mantel se me habrá puesto
céreo como la luz del jaramago,
qué le espera a la tierra si me invita
desprevenida ¡con lo que yo soy!.
Ponte a barrer la casa, trae flores,
el delantal que no sienta verguenza.
Si está sucio, cumplió con su deber.
Y mira, mira el día como un fruto
suspendido del tiempo,
que yo estaré atareado en lo de siempre:
un poema y sus comas, el estallido
de cal de mi pueblo, los corazones
que invadieron mi pecho al conocerte.
Hay gentes que coinciden en decir
que el amor se rebela en la ceniza
y forma un cuerpo que traspasa el frío,
que a la muerte la burlan los amantes.
No andes de puntillas por tu alma
y ponte un traje vivo, los zarcillos
largos, amor. Mira ese día,
suspendido del tiempo, como un árbol
en el que siempre temblará mi trino.
ANTONIO HERNÁNDEZ
